
Un día todos los pájaros del mundo se reunieron en parlamento. Estaba la abubilla: enferma de amor por su soberano, durante años había recorrido la tierra y el mar, superando valles, montañas y desiertos, atravesando espacios infinitos, desafiando tempestades. Estaba el ruiseñor: vivía en el jardín del amor, elevando un dulce lamento desde su dolorosa pasión por la rosa purpúra, había inspirado el llanto de la flauta y el quejido de la cítara. El papagayo exhibía un manto verde cerrado por un collar de fuero, y el pavo real, con sus plumas que ostentaban mil colores, pretendía vivir en el jardín del Edén. La perdiz, con toques de carmín en el labio, amaba solamente los fulgores artificiosos de las piedras preciosas. La garza acababa de llegar de la orilla del océano: tenia el corazón colmado de sangre a punto de derramarse por su deseo del agua de mar, que alguien le había rehusado.
No existe sitio en el mundo dijeron los pajaros- que no tenga rey: ¡por qué en nuestro pais no reina un soberano? Semejante condición es inaceptable. Hemos de unirnos solidariamente y partir en busca de un rey". En ese momento, la abubilla, excitada y trepidantecon los simbolos de quien conoce la vida sobre el pecho, se plantó en el centro de la asamblea. "Amigos pajaros -empezó a decir-, yo soy el enviado de lo invisible. Yo tuve noticia de la creacción y conocí sus secretos.
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