sábado, 7 de julio de 2007

La gorra o el precio de la vida. Roman Frister

Todas las noches, a las diez, se apagaba la luz. En ese momento teníamos que estar acostados en nuestros catres, los uniformes doblados y nuestras cabezas rapadas al aire y libres para la inspección. Sólo al más viejo del barracón y a Arpad Basci les estaba permitido moverse de noche. El más viejo prefería retirarse al cuarto que tenia a su disposición; las costumbres de Arpad Basci eran muy diferentes. Yo llevaba dos meses masticando pan para él, antes de que viniera a cobrar el auténtico precio por la corteza seca. Mi compañero de catre no abrió la boca cuando Arpad Basci le echó de su sitio y se tendió detrás de mí. Antes de que me tocase, supe lo que iba a suceder. Su mano acarició mi cuerpo, con un dedo tembloroso buscó mi entrada. El dedo, untado de manteca, encontró mi ano con facilidad y se clavó dentro de mí con un movimiento giratorio. Los músculos de mis nalgas se contrajeron para impedirlo, pero aquel viejo salido sabia muy bien cómo frustrar esos intentos de defensa. El dedo salió, y su pene penetró con fuerza en mi interior de un rápido empujón. Me acometío un dolor espantoso. Quería gritar. En ese instante, como si esperase mi reacción, me tapó la boca con la otra mano. En la palma llevaba una rebanada de pan. Reprimí el grito. Comí de su mano. Apenas hube comido la primera rebanada, me lleno la boca con la segunda. Comí deprisa para recibir la tercera antes de que llegase al orgasmo. Arpad Basci, un profesional también de la violación, me taladraba con empujones breves y rítmicos. Cada movimiento desgarraba mi cuerpo. El sufrimiento inicial se convirtió en un dolor largo, ardiente, lacerante. Sangraba. Cuando se apartó y me trague la última miga de pan, me invadió una sensación de humillación por su brutal ataque, y una oleada de vergüenza porque el hambre había borrado mi honor. Eso no fue una violación. No me había defendido, ni pedí ayuda, ni le exigí que se detuvieses. Cuando me dio una palmada de despedida en el culo y se volvió a su lecho, me quede callado.
No se había ido con las manos vacías. Me di cuenta de ello cuando desperté de una pesadilla que acabó con mis últimas fuerzas dos horas mas tarde. Mi gorra había desaparecido.
Un preso sin gorra era un preso muerto. Todo el que no llevase su gorra reglamentaria durante el recuento matinal, era inmediatamente asesinado de un tiro por el kapo o por el oficial de servicio. Los dos solían divertirse con ello. El kapo le quitaba la gorra a un preso, la arrojaba al otro extremo de la plaza, y el oficial de las SS pegaba un tiro a la victima. Si el preso se quedaba quieto con la cabeza descubierta, lo mataba por no llevar la gorra, y si echaba a correr para recogerla, por “intento de fuga”.
…/…
Bajé del catre en silencio y con cautela. Mis pies descalzos rozaron el gélido suelo de cemento. El frío me reconfortó, despejando mi mente. Miré a izquierda y a derecha. Sólo una bombilla desnuda sobre la puerta de entrada dispensaba algo de luz. El barracón parecía un túnel oscuro. Oí la respiración de los presos que dormían. Alguien roncaba. Me deslicé por el estrecho pasadizo entre los catres. De vez en cuando me detenía, aguzando los oídos para percibir cualquier sonido a mí alrededor, y seguía caminando sigiloso en la oscuridad. Mis ojos, como si fueran los de un gato, buscaban un preso descuidado que hubiera olvidad esconder bien su gorra debajo de la manta. Tenía miedo. Sabía que, si me sorprendían, me haría pedazos. Nadia me habría defendido. El robo era un delito imperdonable. El dolor de mi ano, quemaba como fuego. Alguien tosió. Me quedé petrificado. Esperé inmóvil a ver si ocurría algo. El hombre siguió durmiendo. Tras dar unos pasos más, me detuve de nuevo. Mi cererbro trabajaba de manera febril para encontrar una posible disculpa, caso de que alguien me descubriese. Sin embargo, ninguna había sido válida para los enfurecidos presos. En Auschwitz vi cómo sorprendieron a un ladrón de gorras. Los presos lo ahorcaron de una viga, el cadáver se bamboleó todo el día colgado de la soga -como advertencia para otros. Inconscientemente levanté la vista hacia la viga de cubierta, y esa mirada me condujo hasta mi víctima. Yacía en el catre de arriba. No pude distinguir su cara, porque la tenía tapada con la manta. Pero la punta de su gorra asomaba por debajo de su brazo doblado. Tiré de ella con cuidado. El hombre no se movió. La gorra pasó a mis manos. Rápidamente me la metí debajo de la camisa. La tela áspera me arañó el pecho. Contento y feliz, emprendí la retirada. No debía apresurarme. Agucé los oídos. Silencio. En la barraca sólo se oían los fuertes latidos de mi corazón. Caminé de puntillas, con cuidado, paso a paso. Transcurrieron diez minutos, o acaso uno solo, hasta que llegué a mi catre. Mi vecino del jergón de abajo se dio la vuelta. ¿Habría visto lo sucedido? Contuve el aliento. Siguió durmiendo. Seguro que estaba cansado, igual que todos. Nuestro cansancio surtía más efecto que una pastilla para dormir. Trepé a mi camastro y escondí la gorra en el bolsillo del pantalón. No logré conciliar el sueño. Estuve sin pegar ojo hasta que tocaron diana.
El recuento se celebraba a las cinco en punto. Los proyectores iluminaban el terreno. Nevaba suavemente y el frío me traspasaba los huesos.
"¡Atención!" vociferó el kapo, y todos nos pusimos firmes.
Comenzó el recuento. Me situé en la segunda fila. Era importante pillar una buena posición en el centro, ni muy llamativa, ni muy al final, lo más lejos posible de la mirada del oficial nazi. Delante de mí, al final de la primera fila, se encontraba Arpad Basci. Él podía permitirse estar delante del oficial y del kapo; su posición lo hacia inmune a la desgracia. Lo encontré sin esfuerzo. Sólo Basci tenia una nuca gorda que rebosaba por el cuello de su uniforme; la nuca de un hombre que desconocía el hambre. También su gorra me resultaba familiar. Tenía huellas de sangre.
En alguna parte detrás de mi había un hombre al que le esperaba una muerte segura. Aparte de él, sólo Arpad Basci y yo sabíamos lo que iba a suceder esa mañana. Arpad Basci se sentiría sin duda decepcionado cuando se diera cuenta que yo había sobrevivido. Yo no tenia ni idea de lo que sentiría y pensaría el honmbre sin gorra. No me asaltaban remordimientos de conciencia, y me prohibí pensar en él o en sus sensaciones. Su existencia me traía sin cuidado. Si yo no me ayudaba, ¿quién lo iba a hacer?
El oficial y el kapo caminaban entre las filas, inspeccionando la ropa, la postura, la capacidad de trabajo de los prisioneros. ¿Cuándo llegarían hasta él? El oficial y el kapo contaban a los presos; yo, los segundos. Ansiaba que todo transcurriera con rapidez. Los dos inspeccionaron la cuarta fila. El hombre sin gorra no suplicó por su vida. Asesinos y victimas conocían las reglas del juego: pedir perdón carecía de sentido. El tiro sonó sin advertencia previa. Fue un estampido breve, seco, y sin eco. Seguro que le dispararon a la cabeza. Siempre por la espalda. Siempre a corta distancia. Había guerra, y el gobierno exigía a los asesinos ahorrar balas. No miré a mí alrededor. No quería saber quien había muerto. Estaba contento de vivir.”

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